Moco abrió los ojos, grandes y redondos como dos enormes aceitunas
le gustaba imaginar que un día alcanzaría la luna desde su cuna
esa luna blanca, inmensa, con esas manchitas redondas que cambiaban de lugar
esa luna de madera, luna lunera...
Moco tenía la sonrisa sin dientes más maravillosa del reino
lo sabía todo el mundo que la había visto, e incluso quien no, a través de conocidos...
Un día el hada Ricitos le cogió entre sus bracitos y dijo:
“estos ojos tan hermosos, esta naricita tan pícara y esta boquita tan sonriente
no pueden tener en el mundo ni rival ni oponente”
Moco jugaba 23 de las 24 horas del día, la hora 24 la dedicaba a aprender más juegos,
mientras soñaba pensaba en maneras de conseguir alcanzar esa luna de madera...
El hada de las Pecas de Oro, lo observaba desde la distancia, y aún así podía distinguir cada gesto, cada movimiento que Moco regalaba, una vez dijo en voz alta, por si alguien la escuchaba:
“esos brazos tan rechonchitos, esa tripita tan blandita, esos ricitos tan graciosos, no pueden despertar en alguien más que alegría y gozo”
Esas hadas tan bonitas, listas y bondadosas, enviaban cada noche a Moco las mejores de sus sonrisas, y el pequeño, en su cuna, abría mucho los bracitos para coger cada una, las guardaba en su pechito, les daba el calorcito necesario y las enviaba a todo aquel que las necesitara...
No hay comentarios:
Publicar un comentario